¿Mejor solo que mal acompañado?

Cuando formamos parte de un grupo hay momentos de consenso y momentos en los que no lo hay y se hace lo que decide la mayoría. En esas ocasiones, las personas que son contrarias a las decisiones tomadas pueden optar por:

  1. Seguir a la mayoría.
  2. Bajarse del carro e ir por libre.

Si se trata de una decisión poco relevante “Todos quieren ir a la playa y yo no”, no pasa nada por seguir a la mayoría, pero qué ocurre si la decisión es relevante “Todos quieren emborracharse y yo no”, “Todos quieren pegarle a ese niño y yo no”. ¿Qué debería hacer si la decisión es contraria a mis valores?

En la experiencia que tengo tratando con niños y pre-adolescentes me he dado cuenta que en los grupos se produce generalmente una tendencia hacia seguir la opción 1, se trate de un tema relevante o no. Y la justificación es que sino “me quedo sol@”. En general, los niños tienen miedo de verse aislados, piensan que si rechazan las decisiones del grupo y van por libre, se sentirán desubicados y, en ocasiones, hasta humillados. Prefieren realizar acciones con las que no están muchas veces de acuerdo que verse solos.

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Sociólogos y antropólogos aseveran que esto se produce porque el ser humano es genuinamente un ser social, necesita del contacto de los demás, sentir que pertenece a un colectivo. Y me parece muy bien, pero, ¿a cualquier precio? ¿tenemos que formar parte de un grupo aunque sus integrantes no compartan nuestros valores? ¿tenemos que cambiar nuestros valores para ser aceptados en el grupo?

Yo creo que no. Creo que tenemos que enseñar a los niños que tienen que buscar el grupo que tenga sus mismos valores y que, si en su entorno no existe, pueden estar solos mientras lo encuentran.

Pero, habíamos dicho que da miedo estar solo, ¿cómo superará el niño este miedo?

Es útil saber de dónde procede. En nuestro cerebro reptiliano, el más primitivo de todos, están almacenadas memorias de la época en que vivíamos rodeados de peligros, en mitad de una selva, acechados por bestias que nos podían devorar. Formar parte de un grupo, de una tribu, nos protegía de esos peligros. Pero ahora, analicemos un momento, ¿cuáles son los peligros? Ya no hay bestias feroces. ¿De qué debemos tener miedo si estamos solos?

Por otro lado, ayudaremos a que el niño supere ese miedo mejorando su autoestima, reconociendo sus fortalezas y siendo consciente de sus debilidades. Reconociendo su autenticidad. Cada persona es única y especial. No debería compararse con nada ni con nadie, solo consigo mismo. Cómo es respecto a cómo ha sido o a cómo quiere ser. Este pensamiento le hace crecer y con ello a verse fuerte delante de las dificultades, delante de las miradas de desaprobación o los reproches.

No digo que sea fácil, pero la espera vale la pena. Se han hecho también muchas investigaciones con células, con moléculas, con plantas… en las que poniendo uno de estos elementos sanos en un entorno hostil, el elemento cambia, se adapta al ambiente.  En este enlace podéis ver una explicación más detallada sobre uno de estos experimentos: https://www.youtube.com/watch?v=BcBBdb5GE54

Y después de esto ya solo me queda preguntar: ¿Queremos que nuestros hijos sean auténticos y preserven sus valores o que modifiquen sus valores por la necesidad de pertenencia a un grupo?

Núria López – https://nuriascript.wixsite.com/nurialopezcama

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Navegar en la abundancia

Ahora hace ya dos años que trabajo con niños. Realizo un taller denominado “Teatro de las emociones” en el que trabajamos la inteligencia emocional a través del teatro. Durante este tiempo he constatado varias cosas. La primera es que lo que hago es muy parecido a navegar en un barco de vela, tienes que tensar la cuerda lo suficiente para que los niños presten atención y realicen las dinámicas, pero sin tensarla demasiado para que pueda fluir la creatividad y la imaginación. Y cuando eso sucede es increíble. Todo lo que surge en esos momentos es maravilloso, los niños expresan su creatividad a la máxima potencia. Siguiendo con el símil del barco, se despliegan las velas y el barco navega a toda velocidad, sientes la brisa en la cara y como te transporta, el tiempo se detiene y es casi como si volaras.

Esta es la parte positiva de lo que he podido constatar. Pero he podido observar otras cosas que, a mi entender, podrían mejorarse. Una de ellas es la competitividad. Existen muchas tendencias nuevas para trabajar en entornos más cooperativos en la educación infantil, pero la realidad es que todavía vivimos en un mundo muy competitivo. Con sólo decir “vamos a hacer una fila” todos se pelean por ser los primeros. Aún no saben lo que vamos a hacer, ni para qué sirve esa fila, pero hay una tendencia natural que les lleva a escalar los primeros puestos.

Llegar el primero, ser el mejor. ¿Por qué? Y más importante ¿Para qué? Imagino que para conseguir un premio. En el teatro el premio es el aplauso del público, escuchar sus risas, sentir su calor… Y esto solo se consigue a través de un trabajo de equipo, con el esfuerzo de todos. Sí, siempre hay algún niño que es más protagonista, pero el resto le arropan, por si solo no podría conseguirlo, a no ser que fuera un monólogo, claro, pero no es el caso.

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Cuando los niños se hacen conscientes de esto, de que su éxito depende del éxito de los demás, lo que he podido constatar también es que los más competitivos se enfadan con los niños que no son tan hábiles. Se enfadan si se les olvida lo que tienen que decir o hacer, y les reprenden. ¿Por qué? Porque saben que su éxito depende también del otro, y no quieren arriesgarse a perder, a que salga mal. ¿Qué podemos extraer de esto? Que no se paran a observar qué le está pasando a ese niño, qué le preocupa, qué necesita, cómo pueden ayudarle… sólo le gritan y se enfadan porque no está haciendo lo que se suponía que tenía que hacer.

Todo trabajo en equipo es complejo, intervienen muchos factores: las personalidades de cada uno, las capacidades de cada uno, las avenencias y desavenencias, la implicación y el compromiso en relación al objetivo… Pero, ¿cómo cambiaría todo si fuéramos más generosos? ¿si en vez de mirar por mi propio beneficio mirara por el beneficio del conjunto? La generosidad es un valor innato en todas las personas, cuando nacemos todos somos generosos. ¿Dónde la perdemos? ¿En qué parte del camino se va perdiendo? ¿Qué nos han quitado para que tengamos miedo a perder?

Eduquemos a los niños en la abundancia. Hay abundancia de aire, de sol, de paz, de amor, de sonrisas, de abrazos, de besos, de caricias, de conversaciones, de miradas, de juegos, de escucha, de ilusión, de emociones… Lo más importante en esta vida es abundante, no tenemos que competir por ello, no tenemos que tener miedo a perderlo, podemos darlo y recibirlo hasta el infinito. ¿Cómo cambiaran las relaciones de nuestros hijos si piensan y sienten que viven en un mundo de abundancia?

Núria López – https://nuriascript.wixsite.com/nurialopezcama

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Liberar carga emocional negativa

Los estados de desequilibrio emocional que experimentamos pueden no tener nada que ver con lo que nos está sucediendo en el presente. En ocasiones, es una llamada de socorro que nos llega desde una parte de nuestro yo, nuestro yo infantil. Son recuerdos reprimidos que emergen desde nuestras experiencias de la infancia. Un fragmento de nuestra historia que no se ha integrado.

Si decides escuchar la llamada de tu yo infantil, te sugiero el siguiente ejercicio. Busca un lugar silencioso y confortable, cierra los ojos y visualiza mentalmente al niño que fuiste, imagínalo en una situación similar al trance de desequilibrio emocional que estas sufriendo actualmente. Luego imagina tu yo adulto de pie, delante de tu yo infantil.

Una vez tengas este escenario imaginario en mente, deja que tu yo infantil exprese sus sentimientos sin ninguna clase de censura o juicio. Tu yo adulto le preguntará a tu yo infantil qué sucedió y porqué se siente tan mal. Luego, deja que tu yo adulto responda compasivamente a tu yo infantil, como lo haría un padre, o una madre, amorosa. Tómalo entre tus brazos y consuélalo, ámalo incondicionalmente. Dale confianza y asegúrale que cuidarás de él a partir de ahora, y que le darás todo el amor incondicional que se merece.

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Sabrás que has tenido éxito en tu intento por comunicarte con tu yo infantil porque tendrás una respuesta emocional ante la experiencia. Tu yo infantil responderá normalmente llorando aliviado. El llanto es el comienzo de la liberación de la carga emocional negativa que tanto malestar ha causado en tu experiencia de adulto. Las lágrimas serán aquellas que no pudiste derramar cuando eras niño. Estas lágrimas representan energía bloqueada que contaminaba inconscientemente tu vida.

Después de este ejercicio, comenzarás a tener accesos espontáneos y cada vez más frecuentes de paz, alegría y creatividad. Te darás cuenta de que todas aquellas minucias que te molestaban dejan de importarte. Experimentarás una reducción del desequilibrio físico, mental y emocional.

No son correctas ni incorrectas las experiencias que tenemos. Son nuestras experiencias. Y nuestras experiencias serán siempre las más instructivas para nosotros.

Ejercicio inspirado en las enseñanzas que transmite Michael Brown en su libro “El proceso de la presencia”

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¿Qué prefieres preocuparte o soñar?

Habitualmente imparto un taller sobre inteligencia emocional a grupos de diferentes personas, siempre realizo el mismo ejercicio y quería compartir con vosotros los resultados de algo que creo que se podría llamar “experimento“.

Los participantes se colocan en fila, uno al lado de otro, y pido un voluntario. Esta persona se pone delante de los demás, tiene que hacer una improvisación con mímica y todos los demás tienen que copiar sus movimientos. Cuando termina el primer voluntario, pido que salga otro voluntario, y luego otro, y luego otro. En general, los participantes muestran reticencias en salir de forma voluntaria y, normalmente, no salen todos.

Cuando prácticamente todos los participantes han realizado el ejercicio, les digo que hay una segunda parte. En esta segunda parte del ejercicio, las instrucciones son las mismas con una salvedad, la persona que sale como voluntaria, y se pone delante de todos para que la imiten, tiene que hacerlo mal. Sí, tiene que hacer movimientos absurdos, incoherentes, estúpidos. Al principio los alumnos se sorprenden, puesto que estamos acostumbrados a que nos pidan que hagamos las cosas bien, pero luego, curiosamente, todos los participantes quieren salir como voluntarios para ser copiados.

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Al terminar el ejercicio, les pregunto a los participantes con cuál de las dos partes del ejercicio se han sentido más cómodos, en cuál han tenido menos problemas para salir como voluntarios. Aunque yo ya conozco la respuesta porque he visto sus caras, la pregunta es útil para que ellos se hagan conscientes. En todos los grupos, contestan que se han sentido mejor en la segunda parte del ejercicio. ¿Por qué?, les pregunto. Y todos, en todos los grupos, contestan que en la segunda parte no tienen que preocuparse, no tienen miedo a equivocarse, sólo están pensando en divertirse.

¿Qué conclusiones podemos extraer de este experimento? Parece ser que si no tenemos la preocupación por el resultado nos volvemos más atrevidos y disfrutamos más.

Y, si no nos preocupamos por el resultado, ¿cómo afecta esto al resultado? ¿se ve perjudicado? No tiene porque, incluso puede producirse el efecto contrario. Por ejemplo, se han hecho estudios con vendedores en los que se muestra que cuanto menos presión tienen por cerrar una venta mejores resultados obtienen.

Algunos de los antónimos de la palabra “preocupación” son: tranquilidad, seguridad, certeza, ensueño, fantasía, gozo, ilusión, sueño…

¿Qué prefieres preocuparte o soñar?

hoy es el mañana por el que te preocupabas ayer

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EL PRINCIPE QUE SE CONVIRTIÓ EN SAPO

En los cuentos el sapo siempre se convierte en un príncipe. Pero… ¿en la vida real? ¿puede suceder lo contrario? Sí, que el príncipe se convierta en sapo.

¿Puede ocurrir que una persona parece que sea un príncipe azul, como el de los cuentos, que te rescata de la bruja, que te da un beso y te despierta de un largo sueño, que entra en la fábrica en la que trabajas vestido con un traje blanco de marine, se acerca a ti, te coge en brazos y te saca de allí… pero, cuando hablamos con esa persona cinco minutos, nos damos cuenta que en realidad es un sapo que lo único que sabe hacer es comer moscas?

¿Y qué ocurre entonces? Nos decepcionamos.

el principe que se convirtio en sapo

Esta introducción me sirve para formular dos preguntas, aunque en este artículo sólo se contesta a la primera.

La primera pregunta es: “¿La culpa es del pobre chico que no se parece al príncipe azul de tus sueños o es de las expectativas que te habías creado?”.

Y la segunda pregunta es: ¿De qué te tiene que rescatar el príncipe? ¿Quién es la bruja? ¿Por qué necesitas despertar? Resumiendo: ¿Qué es lo que va mal en tu vida que necesitas a un príncipe azul que te rescate?

Como decía, sólo vamos a tratar de responder la primera pregunta. Por lo tanto, ¡hablemos de expectativas! El ejemplo del príncipe azul es muy ilustrativo, pero podríamos encontrar muchos ejemplos más: unas vacaciones que te han decepcionado, un lugar que te ha decepcionado, un trabajo que te ha decepcionado… En todos los casos tú has imaginado anticipadamente como iba a ser esa situación, la has visualizado en tu mente, de forma más o menos vivida, y luego la realidad ha sido diferente, ha sido peor de lo esperado. Porque la realidad siempre es diferente, a veces mejor, a veces peor, pero no podemos escribir el guion de nuestra vida, se escribe momento a momento y no somos los únicos protagonistas, hay muchas personas más que participan y que actúan de formas que no podemos controlar.

Entonces, olvidémonos de las expectativas, ¡y problema resuelto! Sí, claro, si fuera tan fácil. ¿Podemos evitar crearnos expectativas? Si ahora te pregunto ¿te gustaría irte de vacaciones a París?, en menos de 3 segundos ya tendrás la imagen de la Torre Eiffel estampada en tu mente, con lo que… ¡es inevitable crease expectativas!

Por lo tanto, es normal crearse expectativas y, si la realidad es peor de  lo que habías imaginado, es inevitable decepcionarse. Y como pasa, en general, con todas las emociones, la decepción no es buena ni mala, pero sí hay que saber gestionarla para que no se apodere de nosotros y nos arrastre.

¿Qué significa gestionar la decepción? No podemos evitar sentir la emoción, pero sí podemos gestionar su duración y su intensidad. Por ejemplo, he planeado unas vacaciones fabulosas en las Maldivas y, al llegar, el hotel no es como lo había imaginado. Puedo cabrearme muchísimo y amargarme todas las vacaciones, o puedo vivirlo como una anécdota y, pasados unos minutos, seguir disfrutando de las otras posibilidades que me brindan esas islas paradisiacas. Quizás el hecho de tener una habitación peor de lo que esperaba hace que salga más del hotel y viva aventuras interesantes. Te decepcionas, evidentemente que sí, pero la decepción tiene una baja intensidad y dura un corto espacio de tiempo, por lo que te permite disfrutar de tus vacaciones igualmente.

Esto, que dicho así, parece muy fácil, no lo es tanto cuando se te hincha la vena en la frente y estás metido en la emoción. Está claro, al principio es difícil de gestionar, conlleva un entrenamiento. Poner consciencia en lo que sentimos es el primer paso, y poco a poco, veremos que lo que nos duraba semanas pasa a durar días, luego horas y luego minutos.

¡Ah! Y no me he olvidado de la segunda pregunta (¿Qué es lo que va mal en tu vida que necesitas a un príncipe azul que te rescate?). ¡Espero que tú tampoco! En otra ocasión hablaremos sobre ello.

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UN DíA CON SENTIDO

¿Qué da sentido a tu día a día?

Hay algunos momentos del día en los que piensas “¡Ya está! ¡He cumplido mi misión por hoy! ¡He hecho algo importante!”. Por ejemplo, vas caminando por la calle y ves a una abuelita con un bastón que tiene dificultades para cruzar, y la ayudas. Mientras caminas con ella cogida del brazo te cuenta algo de su vida, reís juntas y te despides de ella. Si uno de los valores más importantes para ti es ayudar a las personas, piensas “¡ya está!” porque sientes que has hecho algo importante para ti, ese momento le ha dado sentido a tu día.

valoresCada persona tiene su escala de valores. Para un empresario, por ejemplo, podría ser muy importante el dinero, y si en un momento del día consigue vender un proyecto de cien mil euros, ese será su “¡ya está!”. Si para un cantante, por ejemplo, su valor más importante fuera el reconocimiento y le premian con un disco de platino, ese será su “¡ya está!”.

Conocer cuáles son nuestros valores más importantes nos ayuda a darle sentido a nuestro día a día, porque podemos orientar las cosas que hacemos para que la mayor parte de ellas sean aquellas que honran esos valores.

Las personas que no lo hacen, pasan el día centrados en simplemente ocupar el tiempo, inconscientemente quizás buscan llegar cansados al final del día para no tener que pensar que nada de lo que han hecho tenía sentido. Y si, por desgracia, les ocurre algo en su vida que rompe esa rutina (un despido, un accidente, etc.) se quedan destrozados porque no saben qué hacer, se les derrumba su fantasía y se encuentran cara a cara con la realidad, tienen que reconocer que estaban viviendo una vida sin sentido.

Así que la primera reflexión es “¿cuáles son mis valores principales?” y la segunda es “¿qué estoy haciendo en mi día a día para honrarlos?”

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Lenguaje corporal que moldea el cerebro

Recientes investigaciones han descubierto que las expresiones corporales y faciales afectan a nuestro estado de ánimo. Ya sabíamos que esto sucedía al contrario, es decir, estamos alegres y sonreímos, pero ahora se ha demostrado que la relación inversa también es posible, es decir, si sonreímos se modifica nuestro estado emocional y estaremos alegres.

Podemos comprobarlo realizando un sencillo experimento, cogemos un lápiz entre los dientes, de modo que nuestra expresión adopta la forma de sonrisa. Nuestro cerebro interpreta que estamos sonriendo e inconscientemente nuestro estado de ánimo mejora. Si hiciéramos este ejercicio con frecuencia estaríamos más alegres.

Los pensamientos generan emociones, actitudes y expresiones corporales y faciales, pero también funciona el camino a la inversa, las expresiones corporales y faciales generan actitudes, emociones y pensamientos. De modo que, puedes realizar determinadas expresiones corporales y faciales que terminen por modificar tus pensamientos.

lenguaje corporal

Tal y como nos cuenta, en su charla de TED, Amy Cuddy “El lenguaje corporal influye en cómo nos ven los demás, pero también puede cambiar en cómo nos vemos a nosotros mismos.” Esta psicóloga social nos muestra algunas “posturas de poder” que pueden mejorar nuestra vida.

Por ejemplo, en el vídeo Amy Cuddy propone hacer un sencillo ejercicio que consiste en levantar los brazos en señal de victoria, igual que lo harías si fueras un atleta que acaba de cruzar la línea de meta, unos minutos antes de acudir a una entrevista importante. Este sencillo gesto consigue activar áreas cerebrales que te harán sentir más positiv@ y segur@ durante la entrevista.

Pulsa aquí para visualizar su charla de TED.

Realizando estos ejercicios de forma repetida se generan hábitos que crean nuevas conexiones neuronales en tu cerebro. Así que un día te verás a ti mismo sonriendo al conductor del autobús, a la cajera del supermercado o al portero de tu trabajo, aunque hayas tenido un mal día, y ni siquiera te darás cuenta, porque serán actos instintivos e inconscientes.

 

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Diferencia entre cosas que nos ocupan y cosas que nos preocupan

La proactividad se resume brevemente en “hacer que las cosas sucedan”. Pero, ¿podemos provocar que “todas” las cosas sucedan? ¿Es como si tuviéramos una barita mágica y pudiéramos conseguir cualquier cosa? Ciertamente no. Tenemos que diferenciar entre las cosas que nos ocupan y las cosas que nos preocupan.

Stephen Covey lo define muy bien en su libro “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”. Covey señala que existe el círculo de influencia y el círculo de preocupación. En el círculo de influencia están todas aquellas cosas que dependen de uno mismo y en el círculo de preocupación aquellas que no dependen de uno mismo. Por ejemplo, me levanto por la mañana y está lloviendo a cántaros, en el círculo de preocupación estaría la lluvia porque no depende de mí, y en el círculo de influencia estaría la actitud que yo tengo en relación a la lluvia, el estado de ánimo que me genera, porque eso sí depende de mí.

circulo de preocupacion e influencia

Poniendo atención en las cosas que están en mi círculo de influencia y dejando de intentar cambiar las que están en mi circulo de preocupación, consigo mejorar mi proactividad y hacer que las cosas sucedan. Veámoslo, a continuación, en un ejemplo más concreto.

Imagina que vas al despacho de tu jefe porque quieres cogerte unos días de vacaciones y se produce el siguiente diálogo:

Tú: Quiero cogerme unos días de vacaciones a final de año.
Director: Las vacaciones se cogen en verano.
Tú: Sólo serán cinco días.
Juan: No es posible.
Tú: ¿Por qué no?
Juan: Porque no.
Tú: Pero, no hay derecho porque…
Juan: ¡No insistas! ¡Siempre se ha hecho así y ahora no vamos a cambiar!
Tú: ¡Es injusto!

¿Qué te ha parecido? ¿Ha sido una actitud proactiva? ¿Cuáles han sido los resultados?

Ahora imagina que se trataba de una película de la cual tú eres el protagonista, pero también el guionista. Tienes el poder de cambiar el diálogo, y lo transformas del siguiente modo:

Tú: Me gustaría cogerme unos días de vacaciones a final de año.
Juan: Las vacaciones se cogen en verano.
Tú: Lo sé, y entiendo que pretendo cambiar la forma de hacer las cosas, pero te aseguro que te reportará ventajas.
Juan: ¿Ah, sí? ¿Cuáles?
Tú: Verás, normalmente cerramos la consultoría en el mes de agosto… ¿no?
Juan: Sí. Todos nuestros clientes están de vacaciones.
Tú: Sí, esa información era correcta hace unos años, pero he preparado este informe y tú mismo podrás comprobar que algunos de ellos ya no cierran en agosto.
Juan: Déjamelo ver.
Tú: Si algunos de los consultores cogemos vacaciones en otro periodo del año, y luego nos turnamos en agosto, podremos dar servicio a estos clientes también en esas fechas, aumentando así su satisfacción y fidelidad con la empresa.
Juan: Hummm… Parece que lo tienes todo muy bien pensado… Lo estudiaré.
Tú: Gracias Juan. Estoy a tu disposición si necesitas comentar el informe.

¿Qué te ha parecido ahora? ¿Cuáles son los efectos de cambiar las acciones y palabras?

En la primera versión te enfadas por el comportamiento de tu jefe y te frustras por su rigidez. Pero no puedes cambiar el carácter de tu director, es una circunstancia externa que no depende de ti, está en tu círculo de preocupación.

En la segunda versión, te centras en aquello sobre lo que sí puedes actuar, lo que está en tu círculo de influencia: tu capacidad para convencer al director. El jefe inicia la conversación en una actitud rígida, pero, gracias a tus argumentos, flexibiliza su postura.

Ahora podrías pensar en un conflicto que hayas tenido recientemente que no obtuvo una solución satisfactoria para ambas partes. Escribe la escena y luego reescríbela cambiando los diálogos para que el final sea exitoso.

¿Reconoces el poder que tienes para cambiar una situación? Es el poder de centrarse en las cosas que nos ocupan, el poder de la proactividad.

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Tu peor enemigo puede ser tu mejor maestro

¿Qué ves a tu alrededor? ¿Has pensado si es tu propio reflejo?

Las personas que viven en estado profundo de inconsciencia experimentan el ego viendo su reflejo en los demás.

De modo que, tu peor enemigo puede ser tu mejor maestro. Es el que más información te puede suministrar sobre ti mismo.

maestro espiritual

Piensa en alguno de ellos ¿Qué es lo que hay en él o ella que más te molesta y te enoja?

La forma como reaccionamos ante las personas y las situaciones, especialmente en los momentos difíciles, es el mejor indicador del conocimiento real que tenemos de nosotros mismos.

Los patrones egotistas de los demás contra los cuales reaccionamos con mayor intensidad tienden a ser nuestros mismos patrones, solo que somos incapaces de detectarlos en nosotros.

Cuando reconocemos que aquellas cosas de los demás que nos producen una reacción son también nuestras (y a veces sólo nuestras), comenzamos a tomar conciencia de nuestro propio ego. En esa etapa dejamos de considerarnos víctimas.

Extraído del libro “El poder del ahora” de Eckhart Tolle

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La clave para gestionar las emociones

Las emociones muchas veces nos invaden y provocan actos instintivos automáticos de los cuales luego podemos arrepentirnos.

¿Cómo podemos evitar irritarnos cuando alguien nos supera en la cola del supermercado? ¿Cómo podemos evitar ofendernos cuando alguien nos critica? ¿Cómo podemos evitar preocuparnos por algo que todavía no ha sucedido?

La clave es la conciencia. Los pensamientos y las emociones se disparan en automático y los mecanismos neurológicos y fisiológicos que desencadenan son difíciles de frenar. En un pequeño órgano de nuestro cerebro llamado hipotálamo se fabrican nuestras respuestas emocionales.  En el momento en que sentimos una determinada emoción, el hipotálamo descarga péptidos liberándolos hasta la sangre. Cada célula tiene miles de receptores rodeando su superficie preparados para recibir la descarga de bioquímicos que generan estas emociones (adrenalina, dopamina, etc.)

neuropeptidosCada asociación de ideas o hechos, incuba un pensamiento en forma de conexión neuronal. Por ejemplo, el hecho de que quieran superarme en la cola del supermercado conecta el pensamiento “intentan jugármela” y esto lleva a una reacción agresiva.

La buena noticia es que las conexiones neuronales pueden modificarse. Cuando rompemos un círculo vicioso acción-reacción, quebramos esa conexión y se crea otro puente entre neuronas.

Los circuitos neurológicos involucrados en la estructura emocional de nuestro cerebro pueden alterarse o reforzarse con la repetición de ciertos hábitos.

Cuando aprendemos a observar nuestras reacciones instintivas el modelo se rompe. Así pues, la clave es la conciencia.

Si seguimos con el ejemplo, observo que cuando intentan superarme en la cola del supermercado aparece el pensamiento “intentan jugármela”, puedo parar unos segundos para cerciorarme de que sea así, o puedo decidir ser más flexible y cederle el paso, o puedo hablar tranquilamente con esa persona para indicarle que tiene que respetar la cola, o puedo… Si pongo conciencia en la situación se me abren un mar de posibilidades.

Llevar la consciencia a nuestra vida es cómo enfocar con una linterna hacia la oscuridad.

Para incrementar nuestros estados de conciencia te propongo poner en práctica un simple ejercicio. Se trata de poner conciencia al andar.

El movimiento de andar lo aprendimos cuando éramos pequeños y ahora lo tenemos interiorizado, como si de un programa de ordenador se tratara. Estamos programados para andar. No nos cuestionamos cómo vamos a poner el pie en el suelo, es un movimiento automático. Las órdenes que enviamos desde el cerebro para movernos provienen desde el subconsciente. De modo que podemos andar y hablar por teléfono, por ejemplo. Podemos hacer las dos cosas a la vez.

En algún momento del día, intenta ser consciente del movimiento de tus piernas al andar, a ser consciente del peso de tu cuerpo y del momento en que tus pies pisan el suelo. Transforma el acto de andar en un acto consciente.

Puedes entrenar con otros actos sencillos como comer, vestirte, etc., para luego probar con otros más complejos como por ejemplo: la respuesta automática que te surge instintivamente cuando alguien te critica, te grita o te cuestiona. Los resultados son espectaculares. ¿Te atreves?

Núria López – https://nuriascript.wixsite.com/nurialopezcama

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